De niño veías entusiasmado cada estreno de la saga de Indiana Jones, leías los libros de Julio Verne y soñabas con expediciones imposibles, en medio de la naturaleza, lugares remotos,y tesoros escondidos.
Creciste y en algún momento, sin darte cuenta, acabaste con una bicicleta, dando pedales, devorando kilómetros y queriendo ser más el rápido de tus amigos, o incluso intentarlo en las carreras.
Con el paso de los años ese niño soñador quedó arrinconado en lo más profundo de ti, dando paso a la competitividad, la autoexigencia, la ambición, la socialización... que no son ni buenos ni malos, sino la tendencia general cuando nos hacemos adultos.
De hecho, para quienes el aman el ciclismo, hay unos valores comunes, que exige esta actividad o deporte, como son el esfuerzo, la constancia o la capacidad de sufrimiento.
Mientras que es indudable que para algunos la cosa se va de las manos y predominan la vanidad, el exhibicionismo, la presión, la trampa o la obsesión: parafernalias que realmente nada tienen que ver con el ciclismo
Y mira que la obsesión no siempre se puede distinguir bien desde fuera, porque para muchos el ciclismo es también una herramienta para un estilo de estilo de vida.
Pero si algo parece claro es que los que practican el gravel son los más alejados de todas esas parafernalias negativas.
Especialmente aquellos que compiten, porque, hay que decirlo, en la competición es donde más predominan todos esos valores negativos.
La bicicleta de gravel es un gran invento. Te conecta con ese niño que aún guardas dentro y te permite adentrarte en el campo, en el bosque, en la montaña, en plena naturaleza.
A diferencia de la bicicleta de carretera (también válida), te permite adentrarte en la naturaleza y vivir aventuras más auténticas.
A diferencia de la BTT (también válida), te permite recorrer grandes distancias y facilita equiparte.
A diferencia de la bicicleta eléctrica (también válida), te puedes perder en la naturaleza por horas y días y el límite lo pones tú.
Hoy vamos a vivir la historia de una aventura con bicicleta de gravel. La aventura de Fran Robles. Uno de esos niños aventureros, que acabó amando el ciclismo, y que ha recuperado ese espíritu con la bicicleta de gravel.
Ya con experiencia en rutas, con entrenamientos más o menos regulares, sin una exigencia altísima, pero con cierta constancia, procurando varias salidas todas las semanas, en su cabeza rondaba la idea de preparar una ruta de dos días.
Un reto con muchos kilómetros, muchas horas por delante, y mucha exigencia, aunque uno se marque un ritmo llevadero, y quiera disfrutar, hacer paradas, fotos, no deja de ser algo muy duro, a lo que el cuerpo no está acostumbrado.
Porque no es lo mismo hacer salidas largas de 3, 4, 5, o hasta 7 u 8 horas, que seguir encadenando horas y horas, no poder comer bien y tranquilo, sino siempre de manera constante y ligera para poder seguir pedaleando en condiciones, y muchas cosas más.
Porque hasta que uno no se pone en serio a preparar un reto así, no se da cuenta de todas las cosas a tener en cuenta.
Y lo primero de todo es hacer un inventario de todas las cosas que vas a necesitar.
Uno no se puede llevar todo lo que le puede hacer falta, si va a tener que sobrevivir dos días sobre una bicicleta.
Pero esto se le da bien a Fran:es un as de la mecánica, y además de tener la bicicleta a punto, no faltarán los repuestos y herramientas necesarios básicos para que no se estropee la experiencia.
En segundo lugar, es importante la ropa de abrigo. En esta ocasión hay suerte, porque estamos en verano, en el sureste español, e incluso la noche se prevé cálida y llevadera a la intemperie.
Pero hay que ir preparados: un saco portátil plegable, y algún atrezzo básico para pasar la noche, además de, por supuesto, un buen foco para la bicicleta delante y luz trasera detrás, con baterías en perfecto estado.
Otra parte importante es la comida. Aunque como es lógico, se podrá hacer acopio de provisiones en algún momento de la ruta, hay que llevar lo suficiente para sobrevivir a horas pedaleando ante cualquier imprevisto.
Y aquí muchos fallan, recurriendo a los típicos geles y barritas. Quien ha hecho tiradas muy largas (que duran más de dos digestiones), sabe que el cuerpo va a pedir también salado, vendrán los problemas de estómago. Un bocadillo puede ser la salvación.
Por supuesto, un par de candados, porque uno no sabe dónde acabará pasando la noche, y hay que dormir unas horas.
Además de algo de dinero, documentación, el móvil... y tener al menos una persona al corriente de la ruta que se prevé hacer.
Esto serían los esenciales. A partir de ahí, ya uno puede tener alguna necesidad específica o interés especial.
Pero hay que tener en cuenta que el peso sobre la bicicleta se empieza a disparar, y nos obligará a hacer más esfuerzos, y nos hará más vulnerables en subidas con mucha pendiente.
La ruta ya estaba preparada.
1ª etapa: disfrutar, sentir, sufrir, revivir, improvisar, gestionar y dormir
La primera etapa era la "reina", saliendo desde la zona de Novelda, para llegar hasta Benissa, desde donde se haría un bonito recorrido hecho por amigos días antes con un doble bucle por la sierra norte alicantina, para, si todo iba bien, terminar en un refugio de montaña entre Castell de Castells y Guadalest.
Recorrido y perfil realizados
Casi 240 kilómetros previstos, con una buena parte de ellos por carreteras y sendas de montaña no asfaltadas, muchos de ellos no conocidos.
Aquí depende de cada uno la parte el nivel de aventura y riesgo a tomar, y hay que poner cosas sobre la balanza.
Si bien tenemos hoy en día herramientas como Komoot, Wikilok o Strava que nos permiten planificar muy bien las rutas a partir de las de otros usuarios y las ayudas de los mapas, otros preferirán un punto más de aventura organizando las suyas propias más a ciegas.
La aventura de Fran comenzaba a las 5.30 de la mañana, aún con el cielo oscuro. Es Alicante, es agosto, y hay que avanzar lo máximo posible antes de las horas centrales del día, cuando las temperaturas al sol se van perfectamente por encima de los 40 grados.
Los primeros kilómetros, obviamente, es terreno conocido. Es momento de acoplarse a la bici. Una bici que cambia mucho con tanto equipaje, y que hay que saber dominar en giros y bajadas.
Pero, por ahora, el terreno es llevadero, ligeramente ascendente y por sendas sencillas o carreteras tranquilas.
Poco a poco se va adentrando en la montaña y empieza a surgir la magia.
Quizás la conocida vía verde de Agost es donde esto ocurre. Una antigua vía de tren, que se recuperó y adecuó para la práctica del ciclismo y senderismo.
Largas sendas adentrándose por la vera de la sierra del Maigmó, y las famosas galerías no iluminadas que empiezan a darle un punto de aventura al viaje.
En la zona se dice que al otro lado del Maigmó todo cambia: algo más de fresco, aunque no es un gran alivio en esta época del año, todo más tranquilo y despoblado, y poco a poco el verde va ganando protagonismo.
Por las carreteras asfaltadas pero muy tranquilas en el encantador triángulo que forman Castalla, Tibi e Ibi, Fran llega a esta última localidad, que ha de atravesar, todavía muy entero, a buen ritmo, y además guardando fuerzas.
Porque aún queda mucho por delante y van a hacer falta.
Al salir de Ibi, vuelta a la vía verde, en su tramo hacia Alcoy, pero no por muchos kilómetros, ya que pronto vendrá un giro a la derecha, para adentrarse para ir adentrándose desde el valle a la cara norte del sistema montañoso de la Carrasqueta.
Ahora sí llegan los continuos senderos. Aunque son practicables, estamos en plena sierra y se suceden las pendientes duras tanto de subida como de bajada.
Benifallim, Alcoleja, Penáguila, Beniafé, pequeñas y acogedoras localidades de montaña, que acumulan cada una solo un puñado de habitantes y que, aún siendo Alicante, de ese tipo de pueblecitos que en algunos momentos del invierno queden aislados cuando nieva.
Atravesando algunos, bordeando otros, y disfrutando tanto de ellos como de los caminos entre ellas, con los característicos paisajes de la montaña mediterránea, donde predomina el pino y la roca, entre los pequeños cultivos locales: olivo, algarrobo, almendro y pequeñas huertas.
Tras atravesar la localidad de Confrides, sin haber ganado mucha altitud ni perderla, pero siempre en un continuo sube-baja, Fran ya está inmerso en la zona norte de la sierra de Aitana.
Una zona espectacular y muy poco transitada. Aquí todo son caminos de tierra, y aunque son transitables, las pendientes son muy duras.
Prácticamente se alcanzan los mil metros de altitud, similar a los del asfaltado y archiconocido puerto de Tudons que se sitúa en la vecina cara oeste.
Toca tomárselo con calma, disfrutar de este paraje apenas conocido y muy poco transitado.
Esos momentos que te puede regalar el gravel. Pararte tras una subida. Respirar, mirar, suspirar, conmoverte, conectar con la naturaleza.
Pero un ciclista nunca puede parar mucho tiempo. El día está avanzando y todo este tramo de caminos hace que se el reloj vuelve y se acumule el retraso.
El retraso. Algo prácticamente inevitable cuando se planifican rutas. Por mucho que uno se empeñe en ser meticuloso y prudente, el retraso siempre aparece en algún momento.
Tras siete horas sobre la bicicleta Fran alcanza la localidad de Callosa, donde vuelve el asfalto, y estira un poco más antes del primer descanso serio, para llegar a Bolulla, un punto importante de la ruta.
Un simpático y tranquilo parque, con una fuente de agua y vida es el punto elegido para hacer una parada, comer algo más sólido y tomar un pequeño descanso, en pleno medio día, con el sol ya apretando de lo lindo.
Dos horas después, vuelta a los pedales para acometer el segundo sector. Es hora de afrontar la verdadera sierra norte de Alicante.
Una zona de la que los alicantinos presumimos, por ser un oasis verde dentro de nuestra seca tierra. Pero no solo eso, también están sus bellos paisajes, su diversidad biológica y su tranquilidad, una calma inimaginable para quienes se encuentran a solo un puñado de kilómetros en la costa.
La ruta avanza ahora siempre por carreteras entre valles y montañas, salvando primero el conocido puerto de Sa Creueta, para bajar a la zona de valle por Castell de Castells.
Tras superar un nuevo puerto, el llamado Collao de Laguar, Fran se adentra en otra zona mágica, quizás la más verde de toda la provincia: hablamos de la Vall de Pop.
Esta última subida era una de las más duras en cuanto a rampas del recorrido, y aún dosificando esfuerzos, las piernas ya empiezan a pesar.
Es momento de tomárselo con filosofía y disfrutar de este valle mágico, en un largo descenso en el que vale la pena dejarse minutos por disfrutar de las vistas que ofrece tanto la naturaleza como los pintorescos y pequeños pueblos que salpican la carretera.
Este tramo tranquilo finaliza súbitamente en la localidad de Orba. Es momento de echar cuentas y, como se esperaba, estas no salen.
Hay que ser realistas, ir adaptando el plan y hacer lo posible por cuadrar la cena, el sitio para descansar, etc.
Pero ya no se para: tras una travesía no exenta de bonitas vistas pero también de continuos repechos, Fran alcanza la localidad de Pego, donde espera otra subida mítica como es la Vall d'Ebo.
Es momento de tirar de paciencia, temple y veteranía. El peso de la bici no baja, pero sí la energía y las fuerzas, así que la subida, algo larga de por sí, de casi unos 8 kilómetros, se hace lenta, muy lenta.
Llegar arriba, sin embargo, empieza a generar sensaciones especiales. Dicen que cuando el cuerpo se vacía, se agota, está en sus límites, todo se engrandece. Y coronar un puerto es una de esas cosas.
Pero ya no hay mucho tiempo para pausas. Hay que seguir. La noche no tardará en echarse encima.
El puerto de Vall d'Ebo es una de esas subidas que después no te regala una bajada. Hay que seguir pedaleando.
Pero al menos las vistas son agradecidas. Los valles encadenados de Ebo y de Alcalá de la Jovada también están llenos de magia.
El paisaje es mediterráneo, pero se incorporan también algunos frutales, al disponer esta zona de rincones más húmedos a lo largo del año. Son famosos los cerezos.
Un repecho que a estas alturas se hace infernal da paso al camino de Petracos, una carretera rural de montaña, perfectamente asfaltada, en la que uno puede no cruzarse con nadie durante kilómetros.
Por fin un respiro, unos kilómetros por terreno favorable, ligeramente descendente y por carretera, y sin curvas. Vida para unas piernas que ya han dado innumerables pedaladas.
Después de 16 horas Fran alcanza la localidad de Parcent.
Lo que viene es nada menos que el Col de Rates, una de las subidas de la provincia más conocidas internacionalmente, donde los profesionales y amateurs se prueban a inicio de temporada.
Pero no es momento de test de FTP para Fran. La noche se echa encima. El cuerpo está respondiendo bien, pero las fuerzas ya son las que son.
De nuevo paciencia y para arriba. Coronar Rates ya es una sensación de haber puesto el pie en la luna, como mínimo.
Ya no queda nada de sol. Solo noche y oscuridad. En lo alto del Col de Rates no es que abunde la iluminación.
Espera una bajada con desnivel, curvas y la única referencia del foco de la bicicleta. Hay que ser prudentes y demostrar cierto dominio de la bicicleta. Una bicicleta que no se comporta igual con el peso extra y el cambio de reparto de pesos.
A pesar de haber de haber rodado bien, no haber parado demasiado y haber mantenido el tipo hasta el final, no es posible terminar la ruta prevista, cuyo destino era un refugio de montaña cercano a Guadalest.
El nuevo plan, el plan de emergencia o B, improvisado antes de caer la noche, consistía en desviarse ligeramente en bajada de nuevo hasta Bolulla, y acampar en el parque visitado horas antes, con un buen bocadillo conseguido en una de las últimas localidades de paso.
Tras infinitas horas sobre la bicicleta, bajarse de ella, lavarse un poco, sentarse, comer, descansar, cada gesto y cada acción se sienten y valoran de una forma diferente.
Es una soledad agradecida, que te conecta contigo mismo, que te hace ver las cosas de otra manera. Todos sabemos de qué se trata. Pero el día a día no nos permite tener estos momentos.
Es hora de pasar la noche a solas con la bicicleta y el saco de dormir portátil. Es una sensación rara, distinta. Cuesta pegar el ojo, pero al final el cuerpo cede. Ha sido un día duro, llenos de experiencias y sensaciones.
2ª etapa: segundas partes nunca fueron buenas, hay que volver
La segunda etapa comenzaría muy pronto. Hay que volver y hay que evitar las horas de sol.
Hoy ya no es día para bucles infinitos por las sierras. El trabajo ya está hecho y la ruta será más llevadera. Las piernas tampoco estarán frescas, y hay que ser prudentes.
Recorrido y perfil realizados
Por supuesto, como buen ciclista, el día comienza con un desayuno de rey en una cafetería.
Todo a punto, y sin perder tiempo, hay que subirse de nuevo a la bicicleta.y ponerse a pedalear.
Toda la primera parte transcurre por un terreno sube-baja, mayormente por asfalto, por esas tranquilas y bonitas carreteras, para ir saliendo poco a poco de la sierra.
Tras atravesar localidades imprescindibles de visitar algún día, como Callosa d'en Sarrià o Polop, una bajada conduce a Fran, todavía con temperaturas agradables a lo que es una especie de balcón hacia la costa.
Una zona de urbanizaciones que se ubican sobre la turística Benidorm.
Pero hoy no es día de sol y playa. Toca seguir y toca una dura subida para dejar a un lado el parque temático Terra Mítica, adentrándose en la falda de una montaña tan mítica como es el Puigcampana, que se eleva casi verticalmente hasta los 1.408 metros, tan cerca del mar.
Paso por Finestrat y Orxeta, para bordear el embalse de Amadorio, otro punto de admirar, y posteriormente tomar otra carreterita de estas que aun asfaltadas, son pura tranquilidad y naturaleza.
Eso sí, no exenta de repechos, que van minando un cuerpo ya cada vez más exhausto.
Las localidades de Aigûes y de Busot van haciendo la transición a la zona sur de Alicante. Ya prácticamente toda la sierra queda al norte.
La fuente de Busot es un punto clave, conocido por todos los ciclistas de la zona, con su generosa fuente de agua, para recargar bidones y continuar la ruta.
Ya no queda mucha distancia, ya no quedan puertos, pero aún queda mucho por sufrir.
El terreno a los pies de la sierra de Monnegre acoge a Fran con unas temperaturas que empiezan a dispararse.
Estamos ya en el desierto de Alicante, una zona extremadamente seca, donde las temperaturas parecen multiplicarse al tocar el asfalto.
Los continuos y duros repechos no ayudan y ahora la batalla ya es más psicológica que física: el terreno ya es conocido y ya empieza a diluirse la adrenalina de la aventura, de lo desconocido.
Uno podría en este punto desviarse de la ruta y coger la carretera nacional o comarcal más cercana, recortar y facilitar un poco la parte final, pero no es el espírituo. Hay que seguir mientras se pueda.
Una pequeña recompensa: el Paratge Natural Municipal Bec de l'Aguila, una zona algo más verde, con un terreno más favorable.
Más kilómetros, repechos, sube-y-bajas, para bordear finalmente la sierra de San Pascual y aparecer en una bonita localidad de Orito.
El trabajo ya está hecho, apenas unos kilómetros favorables y la meta de casa el mayo de los premios.
¡Aventura completada!
La aventura auténtica sobre la bicicleta
Hemos vivido con Fran una auténtica aventura.
Son muchos los aficionados que cada vez se animan a realizar este tipo de desafíos. Sin pasar noches, o pasando varias, incluso muchas. Con todo tipo de bicicletas. Con mayor o menor nivel, velocidad o dificultad.
Este artículo es un homenaje a todos ellos. Especialmente a aquellos que se centran en la aventura, la experiencia, y la conexión con la naturaleza y con uno mismo.
No tanto a aquellos que buscan el reconocimiento, la popularidad, alimentar su vanidad o encontrar patrocinios. No, esto va dedicado a los que aman la bicicleta y por encima de todo eso. A esos ciclistas que mantienen vivo a su ciclista anterior.
A todos vosotros, ¡enhorabuena y a seguir pedaleando!
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